Sucio, caro, inestable y vulnerable. Si hubiera que elegir cuatro adjetivos para definir el vigente modelo energético mundial, estos serían cuatro de los más votados tanto entre los países ricos como por los más pobres. Con una salvedad: los ricos se muestran cada vez más inquietos por los problemas que se perfilan para el suministro energético, cuyas consecuencias, a su vez, se agravan en cuatro dominios: además de en el económico, en el político, en el estratégico y en el de la seguridad. Ante semejante panorama resultan inevitables tensiones como las que se vivieron en la última Cumbre de la UE. Tras un duro debate se consiguió llevar a los micrófonos un gran titular. Los 27 se comprometieron a reducir hasta un 20% sus emisiones de gases de efecto invernadero, y a aumentar también hasta un 20% la producción de energías renovables. A micrófono cerrado, sin embargo, se libró una verdadera batalla acerca de la «redefinición» de la energía nuclear en este juego, pues a quienes la venden como una energía poco contaminante se han sumado aquellos a los que, definitivamente, ya no les cuadran las cuentas.

¿Está España en el grupo de países dispuestos a romper el viejo tabú antinuclear, o el cierre de centrales sigue formando parte del programa electoral del presidente Zapatero? Y en el País Vasco, ¿ qué actitud mantiene nuestro Gobierno autónomo con relación a las nuevas tecnologías de reactores rápidos? ¿Qué opinan al respecto nuestros científicos más esclarecidos en el dominio de la Física, como, por ejemplo, los adelantados del Donostia Phisics Center?.

La dependencia energética de Europa es extrema y va en aumento -hoy, por encima del 50%-, pero en España esa cifra asciende nada menos que hasta el 85%. El gas y el petróleo, combustibles básicos en el transporte y en la producción de electricidad, presentan fluctuaciones imprevisibles de precios, pero además proceden de países que cada día plantean mayores incertidumbres. Por más que se hable de apostar por las energías renovables, lo cierto es que hoy la energía nuclear produce el 10% del total de la que mueve Europa, y llega hasta el 30% si nos centramos en la producción de electricidad. Países como Francia albergan hasta 59 reactores que generan el 78% de su electricidad, y en Gran Bretaña Tony Blair promete salir de Downing Street firmando la construcción de nuevas centrales para garantizar el suministro de la isla ante el agotamiento del petróleo del Mar del Norte.

También España, aunque no lo parezca, es una isla en el plano energético. Para nosotros asegurar el suministro de energía es más importante que para el resto de los países de la OCDE. Sorprende que ante una situación tan extrema el debate rara vez aparezca en los medios y no alcance a la opinión pública. Esa lejanía les resulta muy cómoda a nuestros representantes políticos. Se pueden permitir respuestas vagas y discursos difusos, pues ninguna presión social les obliga a amarrarse a compromisos efectivos y a fechas concretas. Un buen ejemplo de ello es la política seguida por el Gobierno Zapatero desde su acceso a La Moncloa. Por aquellos años, ZP llegó a proclamarse, literalmente, el miembro «más antinuclear del Ejecutivo» y anunció en repetidas ocasiones la puesta en marcha de un calendario de cierre de las centrales. Aunque, curiosamente, jamás ha marcado una fecha concreta.

La de Garoña es la que nos queda más cerca y también la que más cerca tiene su límite de caducidad, establecido para 2009. Los propietarios de la planta ya han solicitado la prórroga de la vida de la central. Los ecologistas esperan que Zapatero cumpla su palabra. Y entretanto la Agencia Internacional de la Energía y el World Economic Outlook acaban de publicar un informe conjunto, donde plantean reconsiderar la nuclear como una alternativa viable para contribuir a ese escenario más seguro y menos contaminante.

Los últimos veinticinco años de la energía nuclear no han sido precisamente un camino de rosas. Los accidentes de Three Mile Island (1979) y Chernobil (1986) encendieron todas las alarmas y los expertos concluyeron que, además de insegura, era demasiado cara. ¿Qué ha cambiado desde entonces para que varios países -de Finlandia a China y de India a Japón-, estén construyendo nuevas centrales? Sus partidarios aseguran que los nuevos reactores mejoran considerablemente su seguridad. No obstante, cuando aseguran que producir un kilovatio/hora de «electricidad nuclear» cuesta menos de cinco céntimos de euro, la verdad es que distorsionan bastante la realidad. De entrada, no tienen en cuenta el enorme coste que supone la construcción de una central nuclear moderna, ni el coste añadido del tratamiento de los residuos radioactivos ni, en definitiva, el sobrecoste del combustible nuclear.

Más allá de la rentabilidad inmediata del kilovatio nuclear y de los debates paralelos acerca de la eficacia real de las energías renovables, en realidad la política más apremiante aquí pasa por reestructurar todo nuestro modelo energético. Somos líderes en energía eólica -la menos controlable-, pero no en energía solar -la que nos resultaría más barata y favorable-. Antes de preguntarnos por qué esto es así, preguntémonos por qué no nos preguntamos nada acerca de todo lo demás, cuando nos estamos jugando nuestro futuro y seguimos pensando que la energía nos llueve del cielo.

Hace un par de años la central nuclear de Vandellós II estuvo parada durante más de seis meses, cuando la demanda eléctrica estaba disparada, por «problemas de seguridad» que ningún partido solicitó que se explicaran en detalle. En esta misma línea y durante el pasado verano, la de Garoña pulsó el botón rojo a causa del bajo caudal y la elevada temperatura del agua del Ebro que refrigera la planta. Nadie se acercó a echar un vistazo.

La semana última Australia se ha convirtió en el primer país del mundo que ha decidido jubilar la bombilla de filamento y suplantarla por bombillas verdes de bajo consumo. ¿Qué hace falta para que a nuestros gobernantes se les «encienda la bombilla» en estos asuntos, y comiencen a ponerse en cabeza, no ya de las promesas, sino de la innovación real?.

La Europa que se presenta como «líder mundial en energías limpias», en realidad carece de competencias en política energética, pues aún no ha conseguido aprobar su propia Constitución. Sucede lo mismo con la España «antinuclear» de Zapatero. No basta con generar expectativas a la altura el arco iris. Si verdaderamente aspirase a crear un modelo energético sostenible y compatible con los objetivos de Kioto, debería comenzar a implementar planes a largo plazo fijados a un calendario muy concreto. Pues cuando culmine el ciclo de las nucleares y empiecen a surgir severas dificultades de abastecimiento, sería muy deseable que el país estuviera preparado, conceptual y tecnológicamente, para afrontar las decisiones energéticas que haya que tomar.

Fuente: ecoticias
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