Un paseo por la costa coruñesa revela una febril presión urbanística que construye decenas de urbanizaciones en una operación contrarreloj para un voraz mercado veraniego y de segunda vivienda.

El coche transita por la densa línea costera entre Pontedeume y Miño cuando algo nos llama la atención. Un enorme cartel de fiestas destaca en una parada rural de autobuses. Sobre la información de las orquestas y atracciones que amenizarán los festejos otoñales del Rosario, flanqueados por una galaxia de patrocinadores privados y públicos, una destacada cabecera comercial despeja cualquier duda sobre el verdadero poder fáctico: los iconos publicitarios de una grúa de construcción y de un amasijo de bloques de cemento a medio construir mandan en el reclamo festivo. Los nombres de esas mismas constructoras están presentes en la miríada de anuncios pegados en las vallas y postes que jalonan la carretera: aquí próxima construcción, aquí la mejor inversión, aquí pisos y apartamentos a pie de playa. Se compra, se vende, se alquila. Se prohíbe el paso. Propiedad privada.

Este es el paisaje que domina la costa coruñesa, donde decenas de urbanizaciones están edificándose en un tiempo récord.
A escasos metros del revelador cartel, un estrecho ramal conduce a la playa de Ber. La rutinaria mirada somnolienta a primeras hora de una lluviosa mañana se convierte instantáneamente en un gesto de incredulidad que obliga a restregar los ojos. El chiste fácil está servido: ¡Ber para creer! Una suerte de espejismo se extiende desde lo alto de la carretera hasta tropezar al fondo con una torpe construcción que tapona abruptamente el horizonte donde la intuición dicta que debería haber una playa. La completa colección de aberraciones urbanísticas del primer Torremolinos
-con prestadas denominaciones aquí tan fuera de lugar como Villa Blanca- flanquean la bajada hasta morir en un macrochiringuito pomposamente bautizado como Hotel Playa de Ber, que justamente impide cualquier visión del arenal. (Parece que Costas está decidido a derribarlo el próximo año). El complejo desprende un aire de pueblo fantasma. Residuos del último verano flotan aún con el temporal entre una colmena de apartamentos vacíos. Bares y comercios cerrados muestran polvorientas cristaleras forradas con carteles de venta y alquiler de apartamentos. Parece el abandonado decorado cinematográfico de una vieja película de Alfredo Landa. Ni una sola norma de la legalidad vigente o el buen gusto rigen en este hábitat, pero en la oculta escalera que lleva a la playa obstruida asoma una drástica restricción: "Cans non".

La picaresca urbanística costera no suele estar tan a la vista como en la playa de Ber. Un laberíntico ramal a la altura de un lugar llamado Vizus se abre junto a una idílica casa de piedra con parra que inventa a la exploración. Tras sortear tortuosamente la aldea y cruzar un antiguo puente de piedra, un escondido paraíso natural se ofrece con todo su esplendor. La pradera colindante con una cala de ensueño -en la estrecha franja entre la vía y el mar- está ocupada por varios chalés en construcción que lucen el sempiterno `se vende´. El deslumbrante paraje -que contrasta con las escombreras- aparece vallado por una reja metálica que acota la zona pegada al mar como reducto particular.
El arco costero que abarca desde Pontedeume a Fisterra está sujeto a una febril presión urbanística que construye en todas partes y a toda prisa para un insaciable mercado de segunda vivienda y vivienda veraniega que no parece poder esperar.
Miño es un paradigma de lo que está ocurriendo: el problema no radica tanto en el incumplimiento de las normas como en la legalidad misma. El plan urbanístico de Miño es de los más recientes, apenas anterior a la ley autonómica del suelo de 2002 que ahora quiere aplicarse como panacea. Un vistazo a su litoral demuestra sin embargo que la costa está siendo engullida por el ladrillo con todas las de la ley.
Al irrumpir tras una curva en el frontal marítimo de la Playa de Lago, el panorama recuerda al de la frenética reconstrucción de una zona arrasada por una catástrofe. El lugar entero es un polígono urbano naciente; no hay otra cosa a la vista que un interminable parque de maquinaria constructora, esqueletos de edificios, urbanizaciones a medio construir y carteles omnipresentes: próxima promoción, se vende, se alquila.
La playa de Lago disfruta de un amplio mirador rústico de madera a la bahía que pide a gritos un concurso de ideas para nuevos fines, ya que la vista de la playa está completamente taponada por un complejo de apartamentos. A un costado del mirador se ha instalado para disfrute de aquellos que paren a disfrutar de la vista inexistente un amplio panel turístico. "Cuando los humanos abandonan este paraíso natural, los únicos que quedan aquí son los animales y las plantas que convierten la playa de Lago en su hogar. Es una garantía del equilibrio entre el aprovechamiento del arenal y la conservación del patrimonio natural", reza el reclamo naturalista. No hay razón para dudar de que efectivamente detrás de la vista de ladrillo exista una playa en la que aparentemente hay hasta tres tipos de gaviotas distintas y hasta arroaces, que el panel describe como acróbatas marinos... quizás por su necesidad de sortear las innumerables vallas amarillas de obras que inundan la zona. Hay más animales, pero lamentablemente no podemos saber cuáles porque parte del panel permanece tapado por una gran excavadora allí aparcada.

En Perbes, a escasos metros de la casa de Manuel Fraga, un gran chalé en construcción en lo alto de un promontorio oculta la escasa visibilidad que resta de la línea marítima. Justo enfrente de la casa del ex presidente gallego, un cartel advierte de la instalación de una sucursal de una gran empresa constructora nacional. La tormenta comienza a amainar cuando cruzamos la gran recta de la playa de Miño. El cielo acumula toda la gama de borrascosos grises como sólo Turner consiguió reflejar en sus cuadros marinos; tan sólo el color amarillento del mar desentona en la escena. Es la tierra procedente de una colosal urbanización en marcha cerca de la autovía que corrientes fluviales arrastran hasta el mar. El arco iris cruza la bahía de parte a parte y uno de sus extremos parece tocar el pueblo. ¿Habrá allí escondido un pote de oro como asegura la mitología céltica?. En cierto sentido: allí se ha levantado un nuevo edificio al borde del acantilado.
Si uno irrumpe en Sada desde Miño, por la zona elevada que domina la vista de la bahía, corre el riesgo de caer de bruces deslumbrado. No tanto por la hermosa panorámica marítima que desde ahí se domina, sino por la sobrecogedora aparición de un mastodonte de hormigón a medio construir. Con una longitud similar al estadio de Riazor y cinco plantas de altura, su estructura sugiere una mezcla del abigarrado estilo de Benidorm con el gris mazacote estalinista. Nos hemos tomado la molestia de contar las celdillas de la colmena: 347. Una densidad de habitabilidad digna de Tokyo. El coloso de ladrillo se levanta justo enfrente del frontal marítimo, una franja del cual aparece ahora enrejado con la advertencia de que es propiedad privada de uso exclusivo de los clientes. Al advertir la presencia de un fotógrafo, los responsables de la caseta de promoción de las viviendas del complejo, bautizado como Costa Dulce -"Será por lo de la tarta urbanística", comenta un viandante con sarcasmo- salen al paso y ruegan que no se hagan fotos de las "partes feas". No rehuyen sin embargo el debate sobre la iniciativa de la Xunta de paralizar la construcción a 500 metros de la costa en suelo urbanizable y se arrancan con un toque de sinceridad. "Estamos en esto para ganar unos duros y es normal que nos controlen, porque sino construiríamos en mitad de la calle, pero..." No le faltan reproches: "La política de café para todos no sirve para nada. Habrá zonas donde habrá que proteger 800 metros y zonas donde basta con 200 o 100. El problema es que la Xunta carece de una infraestructura adecuada de técnicos y eso es lo que hace que los planes de urbanismo se atrasen o estén paralizados". Ni tampoco información privilegiada: "Sabemos de buena tinta que grandes constructoras nacionales han comprado por aquí terrenos que entran en los famosos 500 metros, y estos tienen armas para negociar con la Xunta". Y una cruda advertencia final. "Con esta norma, andaremos todos a hostias por los pocos solares donde se puede construir. Y lo pagarán los compradores en el precio de la vivienda".
Sada es uno de los agujeros negros en el urbanismo costero gallego, que obligó a la Xunta a suspender todo su planeamiento urbanístico en diciembre de 2005.
Por unos momentos, convertimos una gasolinera en un improvisado foro de debate que reúne a un completo dramatis personae que discute sobre la anunciada medida de la Xunta para atajar el urbanismo salvaje en la costa gallega. La primera conclusión es que nadie sabe a ciencia cierta que supone realmente la iniciativa. "¿Van a derribar las obras ilegales"?, pregunta un ingenuo. Algunos -con algún tipo de interés personal o familiar en la franja costera- admiten el descontrol urbanístico pero juzgan excesivo el limite de los 500 metros. "Se va a convertir en un silveiral que arderá el próximo verano", alega con enfado alguien con terrenos en esa franja. La mayoría es partidaria de una enérgica intervención que salvaguarde la escasa costa que queda, pero muchos se muestran escépticos sobre el resultado. "Qué más da 500 o 1.500 metros. Hasta ahora había un límite de 200 y nunca se cumplió. Hay una total impunidad", dice alguien que pone a continuación el dedo en la llaga: "Sin una medida cautelar que acompañe al anuncio de la Xunta, no servirá de nada. Al final, se impondrá la ley de los hechos consumados".
Grandes carteles de aire caribeño promocionan "un regalo de la naturaleza" en la península oleirense de Canide, en los aledaños de Mera. Es el reclamo de una promoción inmobiliaria que ha llenado de grúas la zona para construir una gran urbanización de casas de segmento alto que están lógicamente muy lejos de regalarse. La gran operación inmobiliaria agota el istmo de una paradisíaca península que ya había sido apurada urbanísticamente hace años hasta el límite. Es decir, hasta el mismo mar. La imagen del nombre de la última calle de la urbanización -rúa da volandeira-, que parece estar rotulada ya dentro del mismísimo océano, resume gráficamente la situación de la costa coruñesa. El "regalo de la naturaleza" abarcaba un 40% más de terreno costero en el proyecto original aprobado por el concello oleirense, que fue drásticamente rebajado en edificabilidad -las 480 viviendas previstas se quedaron en 308- por la Xunta en 2003.
La voracidad constructora en la costa salpicó también al Gobierno de la propia ciudad coruñesa, que dio luz verde en 2005 a las licencias urbanísticas solicitadas por un grupo de promotores inmobiliarios en As Xubias que el Tribunal Superior de Xustiza paralizó en febrero de este mismo año -coincidiendo con el punto álgido de la polémica por los negocios familiares de Vázquez que le obligaría a dejar el mando de la ciudad-, al considerar que el interés público primaba sobre el de los constructores. El proyecto de Busquets para urbanizar los muelles coruñeses presentado en mayo contempla una línea de tranvía que aproveche las vías férreas en esta zona del litoral coruñés. El Gobierno autonómico tuvo que tomar cartas también en las actuaciones urbanísticas del litoral arteixán, donde se pretendía edificar en la zona conocida como O Rañal, doblemente protegida por Costas y la Rede Natura.
El verdadero ojo del huracán urbanístico que amenaza con devastar la costa coruñesa se sitúa en Malpica, puerta de una A Costa da Morte que vive desde hace un año una revolucionaria transformación con la compra masiva de terrenos costeros por grandes empresas inmobiliarias españolas. El mismo frenesí constructor detectado en la costa residencial al norte de la ciudad coruñesa -en el marco de una cuestionada legalidad- se abate al sur de la capital sobre una deprimida galaxia de pequeños municipios carentes de planeamientos urbanísticos básicos. Por Malpica cruza la saturada línea roja de una marea de ladrillo que se extiende imparable hasta Fisterra. La invariable fisonomía de la avenida principal -en cuyo centro se alza imponente una enorme grúa de edificación a modo de monumento- se ha transformado radicalmente en pocos meses. Hasta cinco oficinas inmobiliarias abrieron sus puertas apenas en cien metros y no hay casa o local a la que no se le haya colgado una advertencia de "aquí, próxima construcción". La playa principal de la localidad, Canido, está siendo prácticamente sepultada por enormes bloques de edificios construidos a menos de cuatro metros del arenal. Los carteles de venta y promoción alternan en un guiño de humor negro entre las casetas de obras con los de Costas que publicitan su salvaguarda del litoral.
La avalancha inmobiliaria se aprovecha aquí del déficit hotelero en una zona económicamente hundida que ha sufrido una sangría demográfica imposible de atajar. Pero a la que el desastre del Prestige ha colocado paradójicamente en el mapa turístico. Otro improvisado debate -esta vez en el Hogar del Pescador- deja entrever una superficial satisfacción por el aparente progreso. "Vendrá gente, habrá más dinero", comenta un hostelero. Al ahondar, afloran cuestiones inquietantes. El precio de la vivienda ha subido de manera irreal para los nativos. "Mis hijos ya no podrán establecerse aquí", sentencia un marinero."Es sólo riqueza rápida. Cuando se degrade la costa y el mar, no quedará nada para nadie."
Borges dijo en una ocasión que el signo del constructor es el más antiguo emblema del verdadero poder ejercido tras los bastidores. Hablaba del compás y la plomada masonas que desde la noche de los tiempos han cobijado a sociedades secretas de las que surgieron los grandes negocios a lo largo de la historia. El cartel de la playa de Ber mencionado en el arranque de este reportaje ilustra de manera anecdótica que algunas cosas no cambian. El ladrillo manda. La construcción es el motor que mueve el mundo de los negocios y en los últimos tiempos los lectores de este periódico han podido saber que varios regidores locales de la comarca coruñesa están siendo investigados judicialmente por traspasar la frontera que debería separar drásticamente el poder municipal del negocio inmobiliario. Al amparo de aquellas antiguas sociedades masonas de constructores a las que Borges hacía referencia, los alquimistas buscaron inútilmente la piedra filosofal que transformara el vulgar metal en oro. Los actuales promotores confundidos en ocasiones con ediles han hecho realidad la quimera. Trasmutaron el cemento en oro con una fórmula infalible: la especulación del suelo. La moderna piedra filosofal -el ladrillo- existe. La que está a punto de extinguirse, sepultada bajo su avance imparable, es la costa.
Santiago Romero.A Coruña
La Opinión a Coruña
Imágenes: www.panoramio.com

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