Los cazadores de setas están este otoño de moda y los bosques catalanes empiezan a notar los efectos de las avalanchas de boletaires. La alta afluencia de aficionados que cada fin de semana desembarcan en los montes catalanes ha colmado la paciencia de los propietarios forestales, que quieren recibir a cambio algún tipo de compensación económica, ya sea por la vía de crear un carnet que acredite a cada recolector de setas o por la del pago de una tasa, que podría hacerse efectiva efectiva en el correspondiente consejo comarcal. Los propietarios, agrupados en el Consorci Forestal de Catalunya, exigen a la Generalitat que, de una vez por todas, regule la actividad.
"No se trataría de instituir ningún peaje, sino de establecer un mecanismo que permitiera una reinversión en el bosque", manifestó Marc Grañó, ingeniero forestal y asesor del consorcio. Grañó defiende que los beneficios económicos que suponen para algunos la recolección de setas deberían "revertir de alguna manera en la persona propietaria de ese bosque, que es quien vela por su buen mantenimiento". La fórmula, recordó, "no es nueva, ya que hay pueblos del Pirineo que aplican tasas desde hace tiempo en los bosques comunales".
La habilitación de un carnet o licencia para la recolección de setas, dijo Grañó, no sería muy distinta "a los permisos de caza o de pesca, que obligan a los aficionados a federarse". De hecho, "actividades similares a la de la seta, como la búsqueda de trufas, no se pueden ejercer sin una licencia", agregó.
Control de calidad
Esta fórmula permitiría, además, poner coto a la libre venta de setas, que se desarrolla ahora fuera de control y que "genera unos ingresos libres de impuestos para quienes los comercializan, ya que se distribuyen sin facturas, al pie de las carreteras", denunció el micólogo Jaume Geli, experto conocedor de los bosques pirenaicos.
Un kilo de rovellones se vende estos días en las tiendas de alimentación de la ciudad de Lleida a unos 20 euros el kilo, pero puede llegar a los 40 en ese mercado ambulante y alternativo. En opinión de Geli, los vendedores clandestinos son "los boletaires más perjudiciales para los bosques, porque los arrasan con rastrillos y recolectan las setas sin contemplación". "El problema de una tasa para todo el que va a buscar setas es que, al final, pagarán justos por pecadores", se lamentó.
La del rastrillo es una práctica en vías de extinción. "La gente va tomando consciencia de que hay que recoger las setas una a una, con un cuchillo o navaja, y parece que esas normas se respetan cada vez más", afirmó ayer el técnico del Centre Tecnològic Forestal de Catalunya, Juan Martínez-Dragón. "Lo peor es que el acceso al bosque se masifica y el pisoteo constante hace que la tierra se vaya compactando. Eso dificultará la reproducción de las setas cara a siguientes temporadas", aseguró Martínez-Dragón.
Según datos recogidos en la tesis doctoral de este especialista, la afluencia de boletaires en los bosques de pino silvestre del Solsonès "es de entre 15.000 y 20.000 personas anuales, aunque, en temporadas de buena cosecha, han llegado a venir hasta 30.000 recolectores". La superficie forestal en la comarca estudiada es de 40.000 hectáreas.
María Jesús Ibañez
El Periódico Lleida

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